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Desde las novelas de Manuel Pérez Subirana

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 22 agosto de 2013

Resulta duro enfrentarse a una novela de Pérez Subirana. Yo lo hice con las dos que tiene publicadas. Seguidas. Sin lectura intermedia. Así que: doblemente duro. No porque estén mal escritas o porque sean de difícil lectura: sino por los temas que trata y cómo los trata. Sus novelas, que son novelas-ensayo-vida; es decir, están escritas primordialmente para hacer constar reflexiones acerca de la vida; efluyen una sensación de melancolía y tristeza por el tiempo transcurrido. Un tiempo que ha pasado y no se ha aprovechado: la felicidad no ha llegado y sí más bien la decepción, el aburrimiento, el asqueo. Y ello por la absurdidad ya no sólo de la vida, también de la estructura social. Ambas novelas están escritas por narradores que han superado la treintena y hacen balance y diagnostican un desencanto que les corroe por dentro. Un desencanto por haber estudiado algo que no les gusta o les llena, para no decepcionar a familia, allegados, y por qué no, a la sociedad en general que ejerce esa enorme presión para que las personas no se conviertan en parásitos o seres no-útiles (aunque como contraposición, en su primera novela existe un personaje-parásito que tampoco experimenta la dicha; como queriendo hacer ver que la tristeza y el desencanto se van acumulando a medida que el ser humano envejece, y que resulta inevitable). Un desencanto por trabajar en oficios que tampoco les motivan. Un desencanto por dejarse llevar por las corrientes del entorno en su vida. Un desencanto por saberse inútiles, incapacitados para tomar las propias decisiones. Un desencanto tal vez por la sensación de que en realidad no tienen opciones, o en todo caso, todas son equivocadas.

Los narradores le echan huevos y deciden dar un giro a su vida, sin saber muy bien a dónde dirigirse. Sencillamente saben que no pueden continuar viviendo de la misma forma: la putrefacción interior es inaguantable. Quieren cambiar pero no saben cómo. Probablemente porque no hay una manera ni un lugar hacia el que dirigirse ya no digo óptimo, sino benevolente. Da igual. Se arriesgan: se lanzan a un mar desconocido con tan solo unos manguitos como flotadores. Y lo pasan putas, al menos psicológicamente. Claro que sí. Deciden enfrentarse a la vida que tienen: acomodada, mediocre, cómoda, confortable. Porque están hasta los huevos. Sacan fuerzas de flaqueza. Con la incertidumbre, y la certeza de que todo puede ir a peor. Aun así.

Aun así.

Aun así.


Han visto cómo la vida se les ha escapado de las manos. Como si en un abrir y cerrar de ojos la juventud eterna, ésa que creían que duraría toda la vida y que les otorgaría una grandiosa fuerza vital cuando lo necesitaran, se hubiese esfumado. No son personas especialmente infelices o insatisfechas; pero el peso existencial de esta infelicidad o insatisfacción llega un momento en que les resulta insoportable. Siempre llega la gota que derrama el vaso. El tiempo voló… y la melancolía se apodera de ellos. La melancolía por no hacer lo que hacían, la melancolía por no hacer lo que hubieran deseado hacer, la melancolía por no hacer lo que hubieran podido hacer, la melancolía porque los años licenciosos se terminaron, la melancolía por encontrarse en un límite de edad en que uno no sabe si es joven o viejo,… la melancolía de sus vidas y también de otras vidas.

¿De qué servirá cambiar el rumbo? Pues probablemente, de poco o nada, pero es algo a lo que se ven forzados, una poderosa fuerza interior les impulsa a ello. Esa fuerza interior que se rige por un vacío existencial que jamás podrá ser llenado. Un vacío existencial que como tal, siempre estará vacío. Y por añadidura, irá acompañado de sensaciones como la tristeza o la desidia; el pensamiento pesimista inundará la mente y afectará al cuerpo, la propia vida cotidiana, las relaciones con los demás. Para sobrellevar el pesimismo se tirará de un humor ácido, negro, irónico. En ocasiones hiriente. Otras compasivo.  Se hará borrón y cuenta nueva, en la medida de lo posible. Porque al fin y al cabo uno no puede huir de sí mismo, o de sus propios yoes, y uno de los mayores problemas es ése. De todas formas, aunque pudiera, de poco valdría: tampoco puede cambiar el resto del mundo. Uno no elige nacer, y en realidad, si se analiza desde un punto de vista crítico, no elige nada o casi nada en la vida, si acaso nimiedades. Siempre estará influenciado por el entorno, la sociedad, las experiencias, el miedo, las dudas, la adrenalina, etc. Todos deseamos lo que no somos o no poseemos: otorgamos un valor “mágico” a ciertas cualidades, características, etc. que vemos en los demás, y que en realidad, están muy alejadas de la idea que nos hacemos de ellas.  Sí es cierto que en el transcurso de cada día tomamos pequeñas decisiones dentro de los límites que se nos permite: uno podría volarse la tapa de los sesos, rajarse las venas de la muñeca, lanzarse desde un rascacielos, empotrarse con el coche contra un árbol, etc., y salvo casos excepcionales, es algo que la gente no hace. Ya sea porque consideran la vida como algo muy valioso –uno no elige vivir… pero una vez ya se forma parte de este mundo, se sabe que es la única oportunidad para experimentar lo que se experimenta-, porque tienen miedo o porque ni tan siquiera se lo han planteado. Uno puede “decidir” quedarse durmiendo en casa y no ir a trabajar (con el consiguiente despido procedente) o no. Uno puede decidir follarse a una puta o hacerse un paja o ambas o ninguna. Uno puede decidir girar a la derecha o la izquierda en el siguiente cruce. Sí, son pequeñas decisiones sobre las que se construyen las vidas, sobre las que se cimenta una personalidad y una forma de ver la vida, etc. A nivel general no parece mucho: pero es al nivel que uno puede decidir. Por eso, el cambio que acometen los personajes de las novelas de Pérez Subirana son tan importantes, y al mismo tiempo, tan insignificantes. He ahí la gran paradoja de la vida. Somos alguien, pero en realidad no somos nadie. Puede que nos creamos especiales, pero en realidad somos asquerosamente comunes y vulgares. Y en cambio, uno lee estas novelas y se siente identificado en muchos aspectos y también se siente único y especial pese a compartir ideas, reflexiones, sensaciones (o más bien sobre todo debido a ello): son novelas del YO, reflexivas, con un deje de hastío y otro, más pequeño, de esperanza. Uno siente que no es tan raro como cree, que hay más gente de la que parece que le da por pensar en el sinsentido de la existencia y ese tipo de cosas… y que en realidad la vida es puro teatro, contradicción extrema, inútiles experiencias.


NOVELAS DE MANUEL PÉREZ SUBIRANA:

Lo importante es perder. 2003. Editado por Anagrama.
Egipto. 2005. Editado por Anagrama.


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