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Divagaciones: la película en mi cabeza

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 29 marzo de 2013

Hoy soñé. Hacía una película. Casera. No-porno. Sin guión. Porque conocía a la protagonista. Creo que tiene un algo especial. No sé definirlo. Yo con la cámara. Le haría preguntas. Sobre la vida. Su visión de la vida. Sus orígenes. El trabajo. La gente. La humanidad. El amor. El sexo. Lo que surgiera. En un espacio modesto. Austero. Obscuro. Ella como única protagonista. Mi musa. Vestida con ropa normal. Peinada como de costumbre. Maquillada lo justo. Espléndida. Prestaría atención a sus manifestaciones. Pero también a sus gestos. Posturas. Lenguaje no verbal.

A veces tengo la sensación que el mundo se mueve en base a relaciones totalmente superficiales. Que las relaciones entre conocidos, vecinos, parejas, familiares, e incluso amigos, están sustentadas por un enlace extremadamente quebradizo, superfluo, carente de significado. Que la vida que vivimos, en general, está vacía de contenido. Por eso disfruto tanto cuando puedo conectar con profundidad, aunque sea de forma mínima, con alguien. Ella tiene ese algo que me subyuga y hace que podamos hablar de cualquier cosa: a veces más o menos profunda, con más o menos conocimiento, pero llena de genialidades y excentricidades. Esas conversaciones no impostadas, que uno se pasa la vida buscando sin encontrar, y que halla cuando menos se lo espera. Es como si existiera una conexión que va más allá de la inconsciencia, digamos que algo que ni siquiera está en el interior de uno mismo, empuja hacia ese precipicio que es hablar con las entrañas, con osadía. Es una especie de alineamiento astral, una conjunción de factores externos a los protagonistas, que invade el ánimo de sosegada alegría y pasión. Una electrizante y translúcida unión imaginaria, que va más allá de la atracción, la amistad, el sexo, el amor. Es superior a todas estas cosas; que también tienen cabida en dicha relación. Porque esta complicidad superior se ve acompañada de lo citado: surgen contradicciones internas y externas, reacciones psicológicas y fisiológicas. Sensaciones contrapuestas: tanto invade el frío más gélido y pétreo que uno pueda experimentar, como el ardor más sofocante e inevitable.

 Mi película intentaría mostrar el yo interior, de forma sincera, sin maniqueísmos ni capas de maquillaje ni sensacionalismo ni toda esa patraña con la que nos hemos acostumbrado a vivir. Nos hemos acostumbrado tanto, que de hecho forman parte de nuestra idiosincrasia. A nivel mundial, global. La estética, el cánon de belleza que deciden unos pocos miserables, el impulso hacia la más vacua autorrealización, el egoísmo consumista y devorador de almas, etc. Desde una perspectiva personal, esto es lo que creo domina en la Tierra. Vivimos en sociedades markentizadas, reprimidas por la publicidad, bombardeadas por tanta insustancialidad que nos hemos convertido en seres insensibles, incapaces de sentir empatía hacia los demás, hipócritas, aislados sentimentalmente; puros hedonistas y en cambio incapaces de experimentar la felicidad y la dicha a través de ese ansiosamente buscado placer. Si uno mira en su interior no ve nada. Telarañas, órganos mugrientos. No hay nada más. Totalmente vacío. Una humanidad sin alma, sin ética, que se mueve mecánicamente, por inercia; repleta de seres intranscendentes –y quiero aquí especificar, que en mi concepto de trascendencia la fama, el dinero, el poder y esos anhelos que corrompen el espíritu tienen escasa o nula importancia- que vagan sin ton ni son; fingiendo ser guays y cools y fashion y toda esa nomenclatura de mierda que surge cada equis tiempo. Todos somos miserables. Algún día haré una película sencilla, dónde a través de una o de unas pocas voces, todos nos sintamos representados con lo que se cuenta y nos avergoncemos de nosotros mismos y avistemos, aunque sólo sea durante un segundo, lo miserables que somos.


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