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El tren llegó puntual, de Heinrich Böll: relato antibélico

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 04 febrero de 2013

Böll es una apuesta firme y segura en mis gustos literarios: siempre puedo recurrir a él, rara vez me decepciona. Además de extraordinariamente talentoso, es lo suficientemente sombrío y versátil para ganarse al lector. Por si fuera poco, su literatura tiene un gran transfondo social, de denuncia.

En esta novela, diferenciaría tres partes: la primera, con frases cortas y sencillas, aparte de los desalentadores pensamientos del personaje principal, donde se transmite vacío, desesperanza, vacuidad; una segunda donde los recuerdos, las esperanzas, aunque también los miedos, ganan protagonismo; y la tercera, que cuenta de forma formidable una conversación con una ramera polaca.

Pronto. Pronto. Pronto. Pronto. ¿Cuándo llegaría aquel pronto? ¡Qué horrible noción! Lo mismo podía ocurrir dentro de un segundo que en el plazo de un año. La palabra "pronto" expresa una idea atroz que estrangula el futuro, lo empequeñece y acaba por sumirlo en una incertidumbre aniquiladora. "Pronto" puede significar poco y, a la vez, mucho. En realidad, lo abarca todo. Todo, incluso la muerte.

La guerra como tema de fondo: todos pierden. Lo único que engendra es odio y muerte. El personaje, que debe luchar por su país, cree que va a morir. No ve futuro, es incapaz de imaginarse dentro de diez años. La desesperanza y la certitud de una guerra que provoca millares de muertes le atenazan. Así que debe recurrir a recuerdos, idealizados, y hacer recapitulación de una vida que no ha disfrutado lo suficiente. Desearía huir, vivir con normalidad.

La desgracia se alberga en la propia vida, y el dolor es vida. Sería estupendo que una muchacha pensara en mí en algún lugar, y me llorase... La atraería hacia mí... y sus lágrimas nos acercarían, y no tendría que esperar mi regreso. Aunque parezca raro, ninguna de las muchachas que he besado debe acordarse de mí. O mejor dicho, quizá exista una que me recuerde. Por una décima de segundo nuestras miradas se cruzaron. O acaso fuera menos que una décima de segundo; pero nunca he podido olvidar aquellos ojos. Llevo tres años y medio pensando en ella, y nunca la podré olvidar. Una décima de segundo o tal vez menos. No sé siquiera cómo se llama; no sé nada.

El personaje, lo más cerca que ha sentido el amor, ha sido mediante un breve flechazo. Un flechazo que condensa sus pensamientos en uno solo, que le entristece por no haber llegado a más, pero que al mismo tiempo le infunde remotas esperanzas, dejando volar su imaginación, evocando sus sensaciones.

La acción transcurre en un tren, allá se va desarrollando todo ese monólogo interior; también hay una interacción con dos soldados que conoce. Soldados donde también se refleja la tristeza, la pesadumbre, el hastío, el malestar,... de una guerra que no quieren luchar.

Piensa que la vida es hermosa, o, mejor dicho, que era hermosa. "Doce horas antes de morir, debo reconocer que la vida es muy bella. Pero ya se ha hecho demasiado tarde. Soy un desagradecido por haber negado que exista alegría, y que la vida es bella". El miedo, la confusión y el arrepentimiento le hacen sonrojar. "He negado que pueda haber alegría en los seres humanos y que la vida sea bella. Mi existencia ha sido desgraciada. Y mi vida, un error; una equivocación. No he cesado de sufrir bajo el peso de este espantoso uniforme (...)"

El uniforme, como símbolo de guerra, y por tanto miseria, inmundicia, porquería, desazón, crueldad, barbarie. Nuevamente llegamos a la misma reflexión: en la guerra todos pierden.

Cuando llegan a Lemberg deben hacer transbordo. Ciudad que uno de ellos conoce como anillo al dedo. Se van a un burdel. El protagonista: triste, apesadumbrado, nostálgico, melancólico; sólo quiere escuchar música antes de morir. Conoce a una ramera que estudió música y ambos se sinceran.

"He amado a muchos soldados -cuenta Olina-, incluso a sabiendas de que eran alemanes y que debía odiarlos. Al entregarme a ellos me sentía totalmente desconectada de la noción de ese espantoso juego en el que todos tomamos parte y en el que yo participaba de manera bastante activa, enviando a la muerte a seres que me eran desconocidos por completo, ¿comprendes? Un cabo o un general me cuentan cualquier cosa, y yo lo comunico a otras personas; un mecanismo secreto se pone en movimiento, y en un lugar cualquiera algunas personas caen sólo porque yo he revelado algo de lo que otros me confiaron"

Esta escena entre la prostituta Olina y el personaje principal, es bellísima, idealizada pero llena de simbolismo. De un gran romanticismo, resulta muy poética.

Y llega el final, que te deja helado, con la piel de gallina, en estado de shock. No lo esperas.

 


Der Zug war pünktlich, 1949, Heinrich Böll. Editado por Destino y traducido por Julio F. Yáñez.


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