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Lamentaciones de un prepucio: Dios en el horizonte.

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 03 febrero de 2013

“Manhattan era un lugar frío, muerto y lleno de psicóticos: psicóticos vestidos con bolsas de basura que vivían en los carritos de la compra; psicóticos con trajes y corbatas elegantes que trabajaban veinte horas al día en empleos que despreciaban; psicóticos que se paseaban como si rodaran una película, posando y pavoneándose como si estuvieran rodeados de paparazzi y equipos de rodaje imaginarios. Prefería a los indigentes que reprendían a su madre imaginaria; al menos ese impulso lo entendía.  En lugar de ateísmo, encontré politeísmo; había más dioses de los que me había encontrado en Monsey, quizá no tan vengativos, aunque inspiraban una adoración no menor entre sus seguidores; los dioses superiores –moda, dinero, éxito, poder- y los dioses inferiores: coche, gimnasio, vivir en un buen barrio.” (1)

 Recién terminado Lamentaciones de un prepucio, debo reconocer que ha supuesto una lectura agradable, no en el sentido cándido del término, más bien en el que tiene que ver con las travesuras que todos tenemos metidas en nuestros cerebros, a modo de pensamientos que sólo a veces nos atrevemos a dar rienda suelta quitándoles el freno-de-autocensura. Se trata de una obra irreverente, que continuamente tiene a Dios en el papel; escrita de forma sencilla, sin grandes virtuosismos estilísticos o literarios, y en cambio repleta de ironía y un humor negro y ácido y cruel y despiadado, a veces autocompasivo, la mayoría no. Gracias al autor, conocemos el judaísmo desde dentro pero fuera, con sus ridículas tradiciones y normas y obligaciones y sacrificios, que desde luego, no parecen tener mucho sentido más allá de para quien tiene fe ciega en un Dios, y si se juzga desde una posición crítica, fría y aislada de fanatismos, convendríamos en, como el autor, decir que ese Dios es un Capullo. Por todas las atrocidades cometidas en forma de cohibiciones, asesinatos, enfermedades y demás jodiendas que se le atribuyen. La relación con Dios vista desde un prisma escéptico sólo puede aceptarse como dominación, por parte del que se encuentra en todas partes, y sumisión por el resto de la humanidad creyente. Aún suponiendo que existiera (que ya es mucho suponer...): ¿Cuál es el verdadero? ¿Qué religión sería la apropiada? En esta autobiografía novelada, se nos narran las vivencias, más bien la obsesión, del narrador con el Dios judío y por añadidura, la religión judía.

 Sin embargo, lo que creo que no debe pasar desapercibido es el grito de ira que desprende esta obra hacia su familia: por haber convertido al autor en un ser lleno de inseguridades, neurosis y culpabilidad; por no haberse sentido suficientemente querido; por haber puesto cerco a su vida imponiéndole una en la que no creía, en la que se sentía un ser totalmente alienado y extraño; por coartar su libertad de pensamiento y acción a través de unas normas y obligaciones que él sentía como ridículas, pero que sin embargo, hacían que le corroyese la conciencia cuando las incumplía. Vivencias que nos permiten hacernos pequeñas preguntas referentes a la religión y a la educación y a las imposiciones y acerca de un largo etcétera de cuestiones que marcarán nuestras vidas (la de los seres humanos) para siempre, una marca que jamás se borrará. Lo que sí tengo claro es que se tome la decisión que se tome en cualquiera de estas materias, los progenitores, como humanos que son, siempre se equivocarán a ojos del hijo; que creo lo más natural es que intente rebelarse contra la autoridad y vivir la vida por sí mismo. Y con esto me viene a la mente una cita a cargo del estrambótico y estrafalario personaje Will, de la magnífica novela La mejor parte de los hombres, escrita por Tristan Garcia, que dice así: “Nada de lo que hacemos puede servir de lección a los demás. Lo que hacemos sólo es bueno para nosotros mismos. Y es eso la experiencia, ¿vale? Y, al final, todo lo que hemos podido acumular desaparece, ¡plaf!, porque la diñas. Y eso es lo que no quieren reconocer esos tontos, por eso mienten. Tienen miedo. Se protegen (...) Te pasas la vida teniendo orgasmos, y al final todo desaparece. Lo recuerdas, y después revientas, tienes las células achicharradas, y todo se va a paseo contigo, los recuerdos, todo el placer. Se acabó. No sirve de nada hacer como  que las cosas funcionan de otro modo, que estamos acompañados, que nos amamos, que nos ayudamos, que somos solidarios y que nos protegemos. Cada uno va a la suya, coges lo que puedes, te aprovechas, revientas y se acabó” (2).

 El caso es que el protagonista, a través de estas páginas, destila ira, rencor e incluso odio hacia su familia. No quieren aceptarlo tal y cómo es (básicamente, no-judío, o en el mejor de los casos, judío no practicante), lo que le duele de forma considerable: prefieren vivir en lo que para él es una mentira (la religión... ¡cuántos cerebros es capaz de lavar!), sentirse avergonzados por su hijo, echarle en cara esa vergüenza que sienten, etc. a dar rienda suelta a los lazos de sangre que le unen con él, que en principio, tendrían que ser profusos en amor. Ésta es una herida que nunca sanará, y por eso esta pequeña venganza en forma de novela dónde Dios es el centro de sus reproches: el Dios en el que tan fervorosamente parece creer su familia. Pero el problema, por supuesto, no está sólo en la creencia  en sí misma en Dios, sino también (o sobre todo) en el mensaje y las restricciones que transmiten sus “representantes en la Tierra”, desde los tiempos antediluvianos. O el papel victimista que los judíos siempre asumen para justificarse.

 Sacrificarse en esta vida para encontrar recompensa en el más allá... esto lo he oído, me lo han dicho, muchas veces desde pequeño. Yo creo que es mejor dejarse guiar por una ética personal (aunque está claro que cada ser la tendrá de una forma y que no parecen correr buenos tiempos en este aspecto) y una moralidad (atea pero que intente el bien de la comunidad, de la mayoría) colectiva que se transforme en forma de leyes racionales y normas básicas de convivencia, etc., etc. Quizás la religión es tan necesaria para muchos porque es un clavo ardiendo al que se agarran para encontrar sentido a la vida, que creo convendremos todos en afirmar que es bastante esquizofrénica, y desde una perspectiva individual existencialista, difícil de comprender. De ahí la alienación de quien piensa acerca de su sentido y significado (¿realmente tiene alguno aparte de perpetuar la supervivencia de la especie?). De ahí la importancia de la religión para sentirse dentro de un amplio grupo, formando parte de una gran comunidad; el objetivo común, la fe en algo inmaterial, es lo que estrecha esos lazos imaginarios y les hace sentir reconfortados. Para terminar pienso que nada mejor que otra cita, en este caso de la ficción de Thomas Bernhard Helada: “Jamás pude bastarme a mí mismo, y hoy menos que nunca. Es sorprendente, ¿verdad? Los hombres creo yo, fingen sólo no estar solos, porque siempre están solos. Cuando se ve cómo son absorbidos por sus comunidades: ¿o bien son precisamente las uniones, las sociedades, las religiones, los Estados, pruebas de una soledad infinita?” (3).

 

(1) Foreskin´s Lament: A Memoir, Shalom Auslander, 2007. Traducido por Damià Alou y editado por Blackie Books.

(2) La meilleure part des hommes, Tristan Garcia, 2008. Traducido por Lluís Maria Todó y editado por Anagrama.

(3) Frost, Thomas Bernhard, 1964. Traducido por Miguel Sáenz y editado por Alianza.


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