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A propósito de El fin del camino, de John Barth

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 11 noviembre de 2012

“Baste con decir ahora que la mayor parte del tiempo todos somos directores teatrales y distribuimos papeles muchas veces, quizá siempre lo hacemos, y sabio es quien comprende que el papel asignado es, en el mejor de los casos, una arbitraria distorsión de la personalidad de los actores; pero aun más sabio es aquél que percibe esta arbitrariedad como inevitable, aunque necesaria si se quiere alcanzar el fin que buscamos” (1)

Me acerco por primera vez a Barth un tanto temeroso, ya que tiene fama de ser uno de los adalides de la gran generación posmoderna estadounidense que estaría conformada también por, entre otros, William Gass, William Gaddis, Donald Barthelme, Kurt Vonnegut o Thomas Pynchon. No había motivos fundados para los temores. Pese a ser norteamericano, creo percibir una clara influencia europea en la escritura del autor. La novela tiene un marcado toque existencialista, posiblemente por la influencia de Albert Camus y Jean-Paul Sartre (autor citado en la obra), así como la del pre-existencialista Henri Barbusse (imprescindible su novela El infierno), y el predecesor de todos ellos, el original filósofo Denis Diderot. La extravagancia de los diálogos y la capacidad de defender una tesis desde diversos puntos de vista, a través de estos diálogos, recuerdan mucho a éste último; así como la frescura y el dinamismo de éstos.

Podemos afirmar que la novela es tan sólo el vehículo para lanzar reflexiones, a sí mismo y al lector. En este sentido podría ser considerado un escritor “incómodo”; ya que pretende perturbar la conciencia del receptor, no quiere simplemente hacerle pasar un buen rato –que también, la novela se lee en un suspiro y engancha casi desde el principio-. Conviene aclarar que la historia per se tiene mucha miga, con el protagonismo de un triángulo tormentoso auxiliado por un médico, desde un altar, que finalmente acabará sumergido en el barro como el resto. Narrada en primera persona, desde el punto de vista del narrador y protagonista principal, un tanto estrafalario, toca temas que en su día (se publicó en 1958, en la misma época en la que novelas convulsionantes como En el camino de Kerouac fueron publicadas) debieron resultar polémicas: como la infidelidad, el suicidio o el aborto. Sin embargo, lo que más ha captado mi atención son las reflexiones acerca del yo, más bien los diversos yoes, de cada una de las personas; que se pueden asemejar a máscaras sin por ello significar una ofensa, o algo nocivo, para la humanidad. Frente a los múltiples yoes que puede adoptar un mismo ser humano (que según el entorno, el estado de ánimo, etc. actuará de una u otra forma) confronta el de la integridad, representada por el personaje de Joe Morgan. La integridad como algo obsoleto y tan sólo alcanzable por unos pocos seres obtusos (o privilegiados): ya que la mentalidad, al igual que la vida, es dinámica, y sólo son esos pocos los que pueden mantener unos pensamientos y una forma de racionalizar invariable a lo largo del tiempo. Es decir: tener en todo momento claras las ideas, unas ideas inamovibles e inasibles. Vivir conforme a una forma de pensar es difícil y tiene sus consecuencias beneficiosas y negativas; el problema llega cuando comparte la vida con alguien que no es como aquél, aunque a base de raciocinio y firmeza se consiga convencer, o más bien imponer, su forma de pensar, y en último término anular, la independencia de pensamiento y acción de la otra persona. ¿Para qué sirve la integridad imperturbable en un mundo como el actual? ¿Es mejor o peor para la sociedad una persona totalmente íntegra con respecto a alguien que porta múltiples máscaras y continuamente entra en contradicciones y paradojas en torno a sus pensamientos y acciones? ¿Acaso no es lo más humano dudar, tener sentimientos ambivalentes y contrapuestos, alegrarse y al mismo tiempo, en otra vertiente, entristecerse por un mismo hecho? ¿Cómo puede tener alguien las ideas claras por y para siempre? ¿Existen los hechos objetivos y absolutos, o más bien todo está contaminado de subjetividad?

Este servidor ha quedado profundamente complacido por esta novela-ensayo; de marcado carácter sardónico e irónico, que no se detiene en la superficie sino que busca intrincaciones y reacción en la mente del receptor.

 

(1) The end of the road, 1958, John Barth. Traducido por Estela Canto y editado por Editorial Sudamericana.


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