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Recuerdos del primer amor por Nabokov

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 24 junio de 2012

“Aunque parezca extraño, no podía recordar cuándo la vio por primera vez. Quizá fue en un concierto benéfico celebrado en un granero, en los límites de las tierras de sus padres. Aunque también cabía la posibilidad de que la hubiera visto, muy brevemente, con anterioridad. Su risa, la dulzura de sus rasgos, su piel morena y el gran lazo en su pelo, le parecieron remotamente conocidos cuando un estudiante de medicina que hacía prácticas en el hospital militar de la localidad (se estaba desarrollando una gran guerra mundial) le habló de aquella muchacha de quince años tan “dulce y notable”, dicho sea con las propias palabras del estudiante. Pero esta conversación había tenido lugar antes del concierto. Ahora, Ganin buscaba vanamente en su memoria. Simplemente, no podía recordar su primer encuentro. Lo cierto era que Ganin la había estado esperando con tan ardientes deseos , y que había pensado tanto en ella, durante los deliciosos días de convalecencia del tifus, que se había formado en la mente la imagen completa de la muchacha antes de verla realmente. Ahora, muchos años después, tenía la impresión de que su encuentro imaginario y su encuentro real se fundían y confundían formando un tercer encuentro, ya que en cuanto a persona viviente la muchacha sólo era una ininterrumpida continuación de la imagen que la había anunciado, precediéndola.” Mashenka, Nabokov (1).

 

[NOTA: esta pseudoreseña destripa partes de la novela de Nabokov (incluido el final)]

Mashenka, la primera novela del gran novelista Vladimir Nabokov, deja tocado. Rememora, reverbera, el primer amor; y al mismo tiempo incita al lector a pensar en épocas pasadas, mitificadas por el paso de los años y la memoria selectiva; que en casos dónde asola la melancolía suele quedarse con las circunstancias y anécdotas más positivas, o cuanto menos, que uno recuerda como más significativas. Aparte del recuerdo del primer amor, ése que siempre será especial, esta novela también es una renuncia a las segundas oportunidades, un rechazo a la posibilidad de ser feliz, una derrota de ante mano. Triste y emocionante: la prosa envolvente de Nabokov y su capacidad innata de ir hacia delante, hacia atrás o hacia el mundo onírico sin que se perciba, de forma sutil, son algunas de sus indudables cualidades como narrador. Uno se va adentrando en el mundo de Ganin, el protagonista principal, y los cohabitantes de la obra; una vez lo ha conseguido lo suficiente no puede salir. Lo que afecta al protagonista también lo hará en el lector: porque se sentirá identificado con Ganin. Digo mal; en realidad se sentirá identificado con muchos de los pensamientos y recuerdos de Ganin. Ya que al fin y al cabo, es la historia de un perdedor de la vida que sin embargo ha conseguido saborear dulcísimas golosinas. Mashenka, que en ningún momento aparecerá en el tiempo presente (el tiempo en el que se narra), adquirirá un papel esencial: como mujer, como objetivo y sobre todo como símbolo. Símbolo de la juventud perdida, del amor enloquecido de la pubertad que ya no volvió, de la pasión de la inocencia e inexperiencia, de la espontaneidad de los primeros sentimientos y los primeros desórdenes hormonales relacionados con la atracción física y “metafísica” (uno también cree enamorarse del “alma” de otra persona). Lo que se recuerda es la pasión, los momentos de intensa e inmensa felicidad experimentados; especialmente tras haber tenido el tiempo suficiente para darse de bruces contra la realidad. La burbuja que hacía todo posible se rompió, y a pesar de las sensaciones que Ganin re-experimenta; justo al concluir la novela, decide renunciar a intentar sentir lo mismo de nuevo. Probablemente porque sabe que él ya no es el mismo, y ella tampoco; puede que en esencia sí, pero la maldita experiencia de haber vivido la vida, de poseer ya una edad y sucesos a sus espaldas, le impide sentir esa ilusa irrealidad que llena todo de energía, vitalidad, felicidad, inconsciencia. Es consciente de sus posibilidades; y de que hay un alto porcentaje de estropear esos maravillosos recuerdos que conserva si volviera a intentarlo; para él no merece la pena el riesgo, tiene miedo de no volver a ser capaz de volar mentalmente en un mundo que le provoca mucho más placer que el real: el mundo pasado idealizado. Nabokov parece decirnos que el ideal es un gran catalizador si se usa como estimulante, aunque no conviene acercarse demasiado a él, ya que una vez se logra, uno se da cuenta que lo que sólo parecía un prado repleto de flores es en realidad un vertedero lleno de defecaciones, deshechos y agentes malolientes y contaminantes. El ideal no existe como tal, como se imagina o como se percibe (una vez se ha desenmascarado), por eso es necesario que siga manteniéndose como se piensa en un principio que es. Y ahora es cuando surge la eterna pregunta: ¿y si...? Los seres vivos son curiosos por naturaleza y es completamente normal querer alcanzar ese ideal “perfecto”: quién tiene la ocasión y no lo hace realmente sólo muestra signos de cobardía, de defecto de confianza en sí mismo, de debilidad. Ganin actúa con cobardía, y al mismo tiempo, con sapiencia: siempre le quedará el regusto amargo de haber rechazado la oportunidad de reencontrarse con su gran y primer amor, aunque por otra parte podrá evadirse de la realidad haciendo uso de los recuerdos legados. Con el paso de los años creo que la sensación de amargura es la que predominaría en su cabeza. En temas de corazón  toda decisión es complicada, y tal vez, no convenga hacer excesivo uso de la cabeza. Por lo menos en los casos de verdadero sentimiento de amor.

 Fuera inhibiciones.

 Este novelita fue capaz de devolverme al pasado, hizo que se me erizase la piel rememorando viejos recuerdos a través de los recuerdos del propio protagonista, Ganin; aunque su tono melancólico y perdedor –cada día que pasa estamos más cerca de perder la partida- consiguieron sucumbir mi ánimo. Excelentemente escrita y ejecutada, sin grandes alardes ni pretensiones; como tal debe ser juzgada. Se trata de una pequeña joya que cualquier apasionado de la lectura no debería perderse.

NOTA: 7.5/10

 

(1) Mashenka, Vladimir Nabokov, 1926. Traducido por Andrés Bosch y editado por Anagrama.

 


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