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¿Y qué pasa si te digo que me molas?

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 20 mayo de 2012

“Cuando tenía catorce años todavía rezaba y le pedía a Dios una chica bonita. Jugábamos al fútbol todos los fines de semana y no siempre ganábamos. En realidad nunca ganábamos. Bebíamos cerveza y le pedíamos a Dios una chica bonita. Teníamos corbatas pero no las usábamos, sabíamos muchas oraciones pero no las rezábamos. Sólo nos acordábamos de Dios para pedirle una chica bonita. A los dieciocho entré a trabajar en una tienda. Nada más verle la cara al encargado perdí la fe. Era el chico de los recados y aunque era un mal trabajo mal pagado, Dios sabe que nunca me quejé y que todo lo que quería era una chica bonita. Un día pedí permiso para ir al funeral de mi abuelo y me lo negaron. Un día pedí permiso para ir a vomitar y me lo negaron. Trabajaba cuando estaba enfermo porque decían que había muchos esperando mi puesto. No era divertido, pero yo no pedía nada. No pedía nada más que una chica bonita. No me gustan los concursos pero he llamado a uno que se llama “Llame y pida”. Sé que parece un juego de palabras pero no importa. He llamado y sólo he pedido un poco más de lo que pedía antes. Lo único que he conseguido es una batería de cocina mandada a la dirección equivocada. No acabo de entender por qué es todo tan difícil. Nunca he pedido nada. Nada que no sea una chica bonita.” Héroes, Ray Loriga (1).

Me molas, ¿te he dicho que me molas? Me encantas, ¿te lo había dicho antes? Espera, no digas nada, déjame hablar, deja hablar a mis ojos, escucha mi mirada. Acércate a mí, quiero sentir el calor de tu cuerpo y que notes como se erizan los pelos de mi piel conforme te acercas. Tus ojos y mis ojos sin obstáculos de por medio. Ahora las palabras sobran. En realidad siempre sobran. ¿Y si mantenemos la mirada fija, cada uno en los ojos del otro, durante largos minutos que sólo sentimos como segundos? El futuro no existe, el pasado tampoco, sólo el ahora. Éste es el momento y no quiero que termine. El hechizo debe continuar. Tú eres la única en el mundo, en realidad lo único que en este preciso instante mis sentidos son capaces de percibir, mi cerebro es capaz de asimilar. Acerco la cabeza, nariz contra nariz, nuestros labios rozándose a través del escaso viento que fluye por el pequeño espacio que los separa. Nos transmitimos mutuamente la energía potencial que teníamos acumulada, transformándola en electricidad. Cierras los ojos. Yo los tengo abiertos. No los pienso cerrar. Ni siquiera me planteo pestañear. No quiero que este momento se borre jamás de mi mente, de hecho no quiero que este momento pase, quiero permanecer en él eternamente hasta mi muerte. Una muerte dulce y feliz. Eso es lo que quiero. Te quiero a ti, por si todavía no te habías dado cuenta. Te quiero aquí y ahora y siempre así y ahora. Acerco todavía más mis labios a los tuyos; sigo mirando tu mirada a través de tus párpados cerrados. Abres los ojos y te encuentras con los míos. Acerco mis labios un poco más a los tuyos. Ahora sí que se están rozando. No lo puedes soportar e intentas besarme. En ese momento aparto mis labios de los tuyos, suavemente, con coqueteo. Quiero que sepas que me va el juego. Que puedo reprimir las irremediables ganas si con ello consigo que aumenten las tuyas. Volvemos a mirarnos. Tu mirada me dice: “Eres un jodido y tierno cabrón, y por eso me gustas más”. Vuelvo a acercar mis labios a los tuyos. Esta vez soy yo el que intenta besarte. Ahora eres tú la que se resiste. Mensaje recibido, nena: “Tú también apuestas fuerte”. Vuelvo a intentarlo: esta vez no te resistes. No nos resistimos ninguno. Volamos en el país de los sueños, nos dejamos llevar por las emociones que saturan nuestro cerebro. El mundo antes conocido como tal ya no existe. Sólo tú y yo. Sólo yo y tú. Los minutos parecen segundos, las horas parecen segundos. Intercambiamos muestras de nuestra irresistible atracción a través de la saliva. Nos tocamos, nos sentimos el uno en el otro. Ahora tú y yo estamos hechos el uno para el otro. Encajamos como un puzzle de una única pieza. Nena, ¿y qué pasa si te digo que me molas?

 

(1) Héroes, Ray Loriga, 1993. Editado por Plaza y Janés.


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