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La identidad

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 17 abril de 2012

“La idea de la muerte, que antes me había asustado tanto, era ahora una cuestión intima y simple. Estaba asustado, terriblemente asustado del dolor monstruoso que podía causarme la bala; pero ¿asustado del negro sueño de terciopelo, de la oscuridad eterna, mucho más aceptable y comprensible que el insomnio de la vida?” El ojo, Vladimir Nabokov (1).

Pirandello hace una lúcida alusión a la identidad de cada uno, haciendo temblar los tabiques que sustenta nuestra imagen, nuestro yo; en su divertida y paródica y al mismo tiempo profunda novela titulada Uno, ninguno y cien mil (2). A través de una anécdota en principio nimia y trivial (el personaje y narrador se da cuenta que tiene la nariz torcida hacia un lado tras un comentario de su esposa) vemos la vida de éste desmoronarse motu proprio. De esta forma, el autor, Pirandello, nos lanza un divertimento de gran calado por voluntad propia. Y es que: ¿en realidad qué somos? ¿Escogemos nuestra vida o nos rendimos a las circunstancias, influencias, etc.? ¿Nos vemos como nos ven los demás? ¿Acaso no somos uno distinto para cada una de las personas que conocemos? ¿Y nosotros, no nos hacemos una idea de cómo es alguien que puede estar totalmente alejada de la de otro y al mismo tiempo de la que ese alguien tiene de sí mismo?

Es tan sencillo, y tan complejo, como decir que nuestro mundo está formado por imágenes. Nuestras relaciones sociales, con los demás seres e incluso con nosotros mismos, se basan en esas imágenes. Nos vestimos de determinada manera, actuamos en cierto sentido, hablamos de tal cosa o la otra de una u otra forma,... para intentar proyectar una imagen en los demás de nosotros mismos: cómo nos gustaría que nos vieran, cómo nos gustaría ser, cómo creemos ser. Da igual: el caso es que probablemente la imagen que uno tenga de sí mismo se corresponderá vagamente con la que tenga tu padre, un amigo o el vecino de ese alguien. Este sinsentido es algo que difícilmente puede cambiarse, por no decir que es imposible, y con el que tenemos que convivir. Igual que nosotros ponemos etiquetas y hacemos análisis desde nuestra perspectiva, otros hacen lo propio con nosotros, y así sucesivamente. En realidad la vida podría tomarse como un cúmulo de malentendidos, ya que nunca llegaremos a conocer realmente (pero, ¿qué es la realidad?) al prójimo: sí, podremos saber de ciertos hábitos, costumbres, opiniones, gestos, etc.; pero a lo que me estoy refiriendo, es que no conoceremos por dentro a la persona de al lado, por mucho que hayamos estado cincuenta o cien años conviviendo con ella. En la vida actuamos para los demás y para nosotros mismos; eso es algo ineludible que por lo general, no ocupa mucho tiempo de nuestro pensamiento, si es que alguna vez se nos ha pasado por la cabeza. No es más que un teatro, un fingimiento continuo, una farsa; que se supera con desdramatización y olvido, porque si no, ciertamente, uno se volvería loco. Al menos loco, chalado, tarado, desde la perspectiva del mundo occidental que gobierna y en el que estamos inmersos; más bien lo extendería a la condición humana, a la totalidad de la raza humana de todas las distintas épocas y tiempos. Porque si uno de verdad incidiera en la revelación que se nos hace: somos esclavos de cómo nos ven y cómo nos vemos nosotros mismos; probablemente nos rebelaríamos ante la vida, el fraude que consentimos en vivir. Y es que no sólo se es esclavo de la imagen que proyecta, sino de todas las variables que influyen en ella. Por poner un ejemplo, para alguien que haya nacido en una familia burguesa, acomodada, le es muy difícil desprenderse de su status social, de sus pertenencias heredadas, de las expectativas que su familia tiene de él, influencias, etc. Rebelarse contra esa comodidad, que si bien no otorga per se la felicidad –esa falacia- sí facilita el tener una vida “solucionada” al menos por algunos años, es una auténtico reto reservado sólo para unos pocos valientes, o por qué no mentarlo, descerebrados (¡cuánto admiro yo a estos escasos descerebrados!). No obstante, es cierto que aun en caso lograr la hazaña, no cambiará en nada la principal reflexión aquí expresada: los otros nos ven de forma diferente a cómo nos vemos nosotros mismos, es mas, dentro de nosotros no hay un solo “yo”, sino muchos y diversos que aparecen según las circunstancias. Nuestra realidad es distinta a la del resto, incluso somos capaces de ver distintas realidades.  Por eso, cuando nos miramos al espejo, cuando miramos a otro a los ojos; tan solo atisbamos espejismos, imágenes, que nuestro cerebro asimila e interpreta de manera totalmente arbitraria. Por eso: jamás llegaremos a conocernos completamente a nosotros mimos, menos todavía a otros u otros a nosotros. Desde este punto de vista, la duda existencial, el vacío que durante algunos tramos más o menos prolongados algunas personas son capaces de experimentar, está más que justificado.

Por eso me gusta Pirandello: con una teórica trivialidad construye un laberinto.

“Detenerse por un instante a mirar a alguien que esté haciendo aunque sea la cosa más obvia y habitual del mundo; mirarlo de manera que surja en él la duda de que para nosotros no resulta nada claro lo que está haciendo y que puede incluso no estar claro para sí mismo: basta con esto para que esa seguridad se ofusque y vacile. Nada turba y desconcierta más que dos ojos inútiles que muestren no vernos o no ver lo que nosotros vemos.
-¿Por qué miras así?
Y nadie piensa que todos debemos mirar siempre así, cada uno con los ojos llenos del horror de la propia soledad sin escapatoria.” Uno, ninguno y cien mil, Luigi Pirandello (2).

 

(1) The eye, Vladimir Nabokov, 1930. Traducido por Mireia Bofill y editado por Júcar.


(2) Uno, nessuno e centomila, Luigi Pirandello, 1926. Traducido por José Ramón Monreal y editado por Acantilado.


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