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La despedida

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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 09 marzo de 2012

“Después se tiende en silencio a su lado y él le acaricia la cara. Al cabo de un rato se pone a llorar. Llora durante mucho tiempo, hundiendo la cabeza en el pecho de él.
Bertlef la acaricia como a una chiquilla y ella se siente realmente pequeña. Pequeña como nunca hasta entonces (nunca se había escondido de ese modo en el pecho de nadie), pero también mayor como nunca hasta entonces (nunca ha gozado tanto como hoy). Y el llanto se la lleva con movimientos entrecortados hacia una sensación de deleite que tampoco había conocido nunca.” La despedida, Milan Kundera (1)

 

Odio las despedidas. Son siempre dolorosas. Significan que el mundo que has creado, o en el que te has instalado con alegría y felicidad, se puede desmoronar. Porque cuando se va alguien que no te importa no se puede considerar una despedida; más bien es un suceso que te roza y en el que en el mejor de los casos te surgen sentimientos positivos hacia la persona que se desviará de tu camino. Pero cuando algo similar sucede con una o varias personas con las que has desarrollado una complicidad especial; la melancolía de lo que ocurrirá, el pesar del cambio, el saber que la relación, la unión que había, nunca volverá a ser igual; inunda todo el ser, incluida la mente. Sientes como un peso en el estómago y en el corazón, también en la garganta; los ojos se ponen vidriosos, cuesta conciliar el sueño, la tristeza se apodera de ti. Es entonces cuando desearías que en ciertos aspectos, en ciertos momentos, nada pudiera cambiar, o más bien que los cambios fueran a nivel microespacial, es decir; tenues, cotidianos, sin excesiva relevancia.

Pero si alguien afín a tu carácter, a tu persona, parte y te deja en el camino... ¡¡¡Todo cambia!!! La burbuja estable que creíste haber construido en realidad no lo era tanto, y ante el choque con una rama de un pino, con un pincho de un rosal, con una mano de un niño, ha desaparecido por completo. Visto y no visto. Todo cambiará y lo sabes. La belleza y al mismo tiempo la crueldad de la vida está en eso precisamente, en su dinamismo, en que es imposible alcanzar la felicidad (o un estado que se asemeje) eterna, así sucede también con la desdicha. Por desgraciada que sea una vida, el ser humano con capacidad para soñar –esa acción tan infravalorada en el mundo actual, y tan indispensable...- obtendrá y experimentará momentos inundados de sonrisas verdaderas. Y al contrario: por muy confortable y estupenda que sea o pueda parecer otra siempre existirán motivos para la desdicha.

Hoy me siento desvalido, como si faltara una parte de mí que entregué a otros; apesadumbrado, triste, jodido. Me la han clavado por el culo, además de sin permiso, sin previo aviso.

La amistad duele. El compañerismo duele. Es sorprendente la capacidad del ser humano para emocionarse con cosas que en principio, analizadas desde un punto de vista frío, podrían considerarse nimiedades. ¡Ay, esas nimiedades, cuánto malestar crean, cuántas comidas de cabeza, cuántos problemas...! No ha pasado un día y les echo de menos: podremos seguir manteniendo el contacto, pero nada será igual, todo cambiará. El ambiente de trabajo, la rutina, será totalmente distinta. La melancolía de algo que en términos estrictos todavía no ha ocurrido –aunque ese todavía es relativo- hace acto de presencia, con visos de no querer marcharse. El pesar se apodera de mi espíritu. Da tristeza. Da pena.

El dolor, la pena, desaparecerán. Los sentimientos, las sensaciones, se olvidarán. El tiempo es la variable: depende de cada caso, de cada persona, de cada circunstancia; si esa variable se extiende en mayor o menor medida. Esta reflexión que me hago también causa en mi ser malestar, decepción, pesadumbre. Nacimos solos y morimos solos; sólo que durante algunos momentos de nuestra vida vivimos el espejismo de estar acompañados y rodeados de gente a la que le importamos, que nos importan, o simplemente a la que caemos bien y que nos cae bien.

Uffffffffffffff... ¡una fiesta y a olvidar lo sucedido! Así de sencillo, así de pobre. Avancemos, retrocedamos, o lo que sea, pero es necesario mirar hacia otro lado.

Otro lado.

Otro.

O.

.

--

Dos días después de la partida: cada vez que entro al habitáculo: vacío, parcialmente deshabitado; me entra un nudo en la garganta, un pesar, tristeza. Cuando voy de camino al curro, me invade la desazón. Mirar hacia otro lado. Mirar hacia otro lado. Repetid conmigo.

 

(1) Val?ík na rozlou?enou, Milan Kundera, 1972. Editado por Tusquets.


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