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Artículo de Cine al Filo

por Hoeman 13 febrero de 2012

¡Qué rabia da madrugar! Con lo bien que se encuentra uno en la camita, especialmente en un gélido día de invierno, cuando se está arropado con el edredón de plumas que no deja entrar en el nicho ni un asomo de frío y al mismo tiempo mantiene interno el calor desprendido por el cuerpo, más aún si se ha tenido sueños húmedos (aunque no se recuerden). Se despierta uno repentina, forzosamente, por el monótono pitido del despertador; da igual que se encuentre en mitad de un sueño celestial como en una aterradora pesadilla: cuando la alarma se enciende quiere decir que es hora de levantarse y volver al mundo “real” del que se es esclavo.

Hay cosas, formas, momentos, que ayudan a sobrellevar este abrupto y monótono sobresalto. Uno que practico frecuentemente es el de programar la señalización del comienzo de la etapa de vigilia con varios minutos de antelación a la hora prevista para salir del hogar, para así poder hacerme el remolón y tener la sensación de haber dormitado más de lo que me estaba permitido. Aprovecho esos diez, quince, veinte minutos en la frontera del mundo percibido por los sentidos, el consciente, y el mundo imaginado y creado exclusivamente por el cerebro, o inconsciente, para orientar mi cuerpo en posición fetal; y así tener reminiscencias de épocas de cuando ni tan siquiera era persona. De cuando era tan solo un vago proyecto de persona: por tener, no tenía diferenciado ni el sexo, es decir, en ese momento en que pudiera ser varón, hembra, ambos o ninguno al mismo tiempo. Me sumo a la teoría del escritor Henry Miller: la expulsión del ambiente confortable y único en el que nos encontramos en el útero de la mujer embarazada (la futura madre) causa un trauma al recién nacido que nunca podrá superar; en la vida venidera siempre echaremos de menos algo, probablemente no sepamos exactamente qué, a mí me parece que es ni más ni menos que el mundo ideal en el que nos alojamos durante meses que parecieron siglos, por lo placentero, por el sentido utópico de las sensaciones experimentadas que no recordamos con precisión ni claridad, pero intuimos de forma borrosa y difusa. El periodo que experimenta el ser humano (¿y el animal?) antes de la concepción nunca será elucidado en términos de sensaciones y sentimientos, permanece y permanecerá inexplicable. Y en cambio, estoy convencido que una vez fuera de ese espacio ideal, imperturbable, del que se disfruta cuando se es feto; nos sentimos en peligro, coaccionados por la circunstancias, devorados por la insuficiencia e impotencia ante un lugar y un tiempo que se nos escapa de cualquier razonamiento, planteamiento o acción.

La posición fetal, en estado semiinconsciente, me reconduce a un estado especial, mágico; que me otorga fuerzas para afrontar un nuevo día en esta maravillosa y al mismo tiempo puta vida. Los diez minutos que permanezco emulando a un gusano crean en mí la ilusión de la detención del tiempo: diez minutos que otorgan la sensación de haber disfrutado de una hora de reconfortante siesta; una “pequeña muerte” que prepara al cuerpo para activar el metabolismo y afrontar lo que depare el día con energía y ánimo. Un pequeño remedio motivador para cuando uno se siente exhausto, cansado, adormecido, vago, perezoso, débil, caquéxico, etc. Hacer que un minuto parezca mucho más tiempo puede ser mágico en el sentido positivo y en el negativo de la palabra: sólo se puede asociar con extremos. Por ejemplo, en la tortura, el significado tendría el sentido completamente opuesto al que pretendo expresar con este escrito. También ocurre lo mismo en el caso contrario, cuando el tiempo se nos hace mucho más corto de lo experimentado (aquella noche repleta de besos que se esfumó como si hubiera ocurrido en un mísero instante...).

Existe una guinda capaz de conseguir que afronte el incierto (y al mismo tiempo previsible) futuro que se avecina en la inmediatez con mayores garantías mentales: una minuciosa ducha de agua caliente, dónde prácticamente sólo existes tú y el chorro de agua de efecto relajante, medicinal y rejuvenecedor que inunda todos los poros del cuerpo. Es un lugar donde también se juega con el reloj que marca las horas, donde nos podemos vengar, a nuestra manera, por seguir las leyes y las normas que nos impone la naturaleza o la sociedad. Es ese momento donde sólo importan los pensamientos, incluso los no-pensamientos (la ducha es ideal para “quedarse en blanco”); donde podemos cantar, planificar, pensar en algo o alguien, etc., sin que nadie nos disturbe ni nos moleste, sin que nos distorsione la mente, mientras experimentamos un calor externo que limpia y sobre todo arropa la barrera externa que utilizaremos para actuar, mostrar al resto aspectos nuestros que no son o no sentimos como verdaderos.

"Lo que anhelamos durante nuestra vida, lo que nos hace suspirar y gemir y sufrir todo tipo de dulces náuseas, es el recuerdo de una santidad perdida que probablemente disfrutamos en el seno materno y sólo puede reproducirse (aunque nos moleste admitirlo) al morir." (1)

 

(1) On the Road, Jack Kerouac, 1957. Traducido por Martín Lendínez y editado por Anagrama.


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